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María del Carmen Vianna nació en Monte Caseros en 1960. Es profesora en Letras. Ejerció la docencia en Curuzú Cuatiá, donde reside desde los 8 años. Su obra ha obtenido numerosas distinciones, dentro y fuera del país. Ha publicado los poemarios: “Los días del amor”, “El corazón a la intemperie”, “La noche de los girasoles”, y “Es vasta la noche y otros poemas”; todos ellos en el año 2006, en el sello correntino Moglia.

Por Rodrigo Galarza
Especial para El Litoral

Hay voces poéticas que te interpelan por exceso, por la fuerza “alojada en la voluntad animal” diría nuestro Francisco Madariaga; sus sutilezas se despliegan en el fuego de las imágenes, en los estertores y resonancias del mensaje. Otras voces, sin embargo, se potencian dando entidad a reinos domesticados por lo frágil, estas salen al encuentro sutiles, pausadas, llenas de perfumes de ausencia, de evocaciones que trabajan la “saudade” por aquello que perdimos incluso a veces antes de poseer. Lo que está en fuga permanente, pero que no obstante brilla, se hace meandro en nuestro ánimo, en nuestro pulso. De estas voces nos hace partícipe María del Carmen Vianna.

Su poesía, exquisita en su forma, se ahonda en un acento propio en diálogo con sus amados maestros o cómplices: Borges, Rilke, Molinari, etc. No en vano la poeta inicia así el largo poema Es vasta la noche: “Esta es una elegía de un viaje de regreso”. O para homenajear al valiente y entrañable poeta español Miguel Hernández nos impregna con el hálito imborrable de Rilke: “Ahora pienso en Miguel, el poeta,/ huérfano del mundo,/ ángel bello y terrible”.

Pero aquí lo meta literario se impone, se erige como espejo biselado en la propia experiencia vital de la poeta que continúa diciendo: (…) “Dónde estará, con su ensueño encendiéndole la sangre,/ con su exilio y su elegida soledad./ El está lejos. Todo está lejos./ ¡Son tan hondos los abismos que la distancia agranda en el crepúsculo muriente!”. El viaje exterior, la exploración de “lo-de-afuera” atiende más a la búsqueda interior, a los pasadizos desconocidos de nosotros mismos: lo simbólico como anagnórisis que no siempre llega pero que es necesario recorrerla.

“Menudita y profunda esta montecasereña hoy arraigada en Curuzú Cuatiá, deja establecida la palabra como una forma de luz en el fondo de los espejos donde, a veces, los recuerdos tienen una madriguera (…) escribía Lilian Zapata prologando alguno de sus libros.

Siempre he pensado que la voz de María del Carmen se convida en ramitos de lluvia, en orfebrerías que te hacen partícipe de una “delicadeza”, aunque el fondo, el impulso vital que la rige sea el dolor o la melancolía, la exploración misma de los abismos existenciales: “Cuando en el aire se muera la última luz,/ qué quedará en los campos sino la viva oscuridad,/ esa mirada de la muerte”. Ahora mientras voy terminando esta nota, oigo nítido el canto un zorzal, y me pregunto: ¿Desde qué orilla canta, acaso desde Madrid?, ¿o desde allá: Curuzú Cuatiá?, donde alguna vez oí decir a María del Carmen Vianna unos versos que siempre me han acompañado: “Míranos Dios que nuestro dolor nos mira/ y no sabemos qué decirle”.